No existe voz pequeña

No existe voz pequeña


Exposición 

Pegaso Denoche


Pieza audiovisual: Isia Wieczorek

Pieza musical: Sheila Lillar


El haber adoptado a un pajarito bebé desamparado en la calle, lleva a Pegaso Denoche a un proceso de liberación interna que expresa en un nuevo cuerpo de obra y la culminación de su exploración pictórica de once años de trabajo.


Su proyecto empezó en un día frenético y lleno de actividades que se vió interrumpido por una pausa en la que encontró un oasis de paz y libertad cuando su medio de transporte se descompuso en la carretera y se fue a buscar señal al campo de alado. Sentada en ese campo, rodeada de flores y una sinfonía de vida salvaje, pudo respirar y supo que eso es lo que quería expresar en el mundo y dentro de las ciudades: el campo de al lado de la carretera, la calma en medio de la prisa, la paz de sentirse completa.


Somos naturaleza salvaje y estrellas. Nuestros vasos sanguíneos se parecen a los ríos y caminos de agua, a los corales, a las venas de las verduras que comemos y a las hojas de los árboles que, de cerca, también contienen urbanismos de ciudades enteras. Los paisajes de afuera son los paisajes de adentro. Ser parte de algo tan grande y real como la naturaleza, el universo, tenerlo inscrito en nuestra piel, hace humilde a la mirada y da paz al corazón. Nos vuelve sagrados, infinitos e invaluables.


Durante once años pintó para detener el tiempo y expresar la frecuencia, esencia y ritmo de la naturaleza por medio de puntos, líneas, sigilos y fractales. Encontró su refugio y oasis dentro del frenesí de la Ciudad de México. En este periodo acabó algunos cuadros en formato grande y muchos en formato mediano, que resultó más manejable. En el camino fue juntando una colección de cuadros de gran formato con pedazos sin acabar de su hipnótica técnica que, al ser tan dedicada y meditativa juntaba calma en forma de recursos y energía durante meses para poder pintarlos.


Cuando Robin llegó a su vida, un maestro en forma de pájaro salvaje que, la lleva a aceptar una realidad más grande y así retratar un paisaje contemporáneo con una honestidad y vulnerabilidad tan desgarradora como liberadora. Como si la raíz de los dones del ser alado estuviera en la consciencia de su fragilidad, Pegaso Denoche aprendió a borrar los márgenes de su pequeño cuerpo y encontró la potencia vital y fuerza de ser parte de algo más grande, el poderoso milagro de existir. 


Los cuadros acumulados sin acabar y el miedo de liberar a Robin, la hicieron aceptar un mundo que duele. Es así como la culminación de su estilo pictórico lo logra con la proporción de la sexta extinción masiva. Realidad en la que vivimos desde los años setenta y que a diferencia de términos como el antropoceno o el cambio climático no está sujeta a discusiones filosóficas ni políticas, es simplemente el consenso científico y diagnóstico que refleja la hostilidad que podemos sentir hoy en día hacia la vida y nuestra naturaleza o desconexión con ella. Hoy en día el 75% de los ecosistemas se han extinguido. El meteorito que causa esta sexta extinción masiva es la cultura humana. Vivir en estos tiempos nos define como semillas y puentes. La sexta extinción masiva no es una condena porque estamos vivos.


Las pinturas son acabadas con esta proporción: una pequeña parte de la representación de la esencia de la naturaleza en medio de abstracción, prisa, espacios en blanco, galaxias, luces y semillas. Ahora en sus pinturas incorpora el ritmo que tanto luchó por evitar, el de la prisa y el frenesí, completando así paisajes contemporáneos que traigan tanta claridad como libertad. Esta misma proporción la lleva a las calles con una pieza de arte público conformada por muchos carteles, en donde plasma una pequeña parte de la frecuencia de la naturaleza, entre las paredes y estática de la Ciudad de México, como portales hacia nuestra esencia, así como una ofrenda y rezo a la colonia Roma en donde Robin nació.


La artista aprendió a comunicarse y entender los distintos píos de Robin, sus preferencias musicales con las cuales él se inspira para desarrollar su canto y también creó una pequeña comunidad de personas que aprendieron a conectar con él y lo visitan: su vecina música Sheila, que presenta obras musicales para esta exposición, su galerista Karla, que ha venido a cuidarlo desde Oaxaca e Isia, que presenta su documental y con la que la artista lleva muchos años estudiando el tema de la conexión humana con la naturaleza.


Actualmente Robin se encuentra desarrollando su propio canto, que ensambla con los de su comunidad. Las aves tienen una capacidad de amar muy profunda. Tal vez los pájaros son los músicos originales y los auténticos terapéutas y alquimistas del sonido. Las aves cantoras desarrollan una canción propia, canciones en pareja, familia y amigos, que después ensamblan en composiciones comunitarias. Su música se superpone al ruido y armoniza la estática de la ciudad. Nuestras voces son parte de sus composiciones y nosotros somos su comunidad. Ellos han evolucionado con el humano desde el 6,000 A.C cuando empezamos a almacenar semillas. Tal vez desde entonces que nos guían hacia la luz.